Para empezar, conocí dos
sagas literarias que, a mi parecer, son fantásticas. Se trata de Los Juegos del Hambre y de Canción de Hielo y Fuego (hoy en día
mejor conocida como Juego de Tronos).
La primera, un tanto corta pero sustanciosa, me atrapó de tal modo que en menos
de un mes los libros ya habían sido devorados. Probablemente de no haber sido
por la película, que estaba próxima a estrenarse, no hubiera considerado leer
estos libros. Gracias al cine. La segunda saga, y que me ha mantenido envuelto
en la miel de sus palabras desde el cuarto trimestre del 2012, es justo lo que
llevaba esperando toda mi vida: intriga política, guerra, fantasía, tintes
épicos y –sobretodo- personajes bien construidos con los que logras una
tremenda empatía.
Como buen cinéfilo desde
mis primeros días –gracias Simba y Buzz Lightyear- , el cine ha jugado un rol
muy importante en mis experiencias de vida. Los Blockbusters siempre han sido
mi devoción –no se preocupen, no dejo de lado el cine de autor- y 2012 me entregó
todo lo que quería: los superhéroes más poderosos del planeta reunidos en un
equipo, la conclusión cinematográfica de mi personaje favorito (Batman, por si
quedaba duda), viajes espaciales que terminan en tragedia y un agente al
servicio de su majestad completamente resucitado. Experiencias únicas, sin
duda. No dejó de lado mi afición por ese cine más chico en forma y más conciso
en contenido. A principios del año viví la que consideró mi mejor experiencia
en el cine: el preámbulo a los premios de la Academia. Vi infinidad de
películas –20 son demasiadas- y a pesar de que mis favoritas ni siquiera fueron
nominadas a categorías grandes, la sensación fue única e insuperable.
Y así como continúe mis
viejas aficiones, también descubrí una nueva (o, por lo menos, la acabé de
desarrollar): la de los cómics. Con el estreno de El Caballero de la Noche Asciende y la llegada de DC Comics a
México por parte de, la muy odiada, Televisa. Cada número uno era fantástico,
sensacional y lleno de vida. Un mundo completamente diferente y a la vez tan
similar al nuestro.
Claro que el año también
tuvo otro tipo de cosas. Gente se fue, gente llegó. Al final, todo es lo mejor
para todos. Con todos –amigos y familia- reí y hablé. Grandes pequeños momentos
llegaron para quedarse. Gracias.
Igualmente, ahí estuvieron
los viajes, paseos y salidas que alivianaron mi ser y me relajaron el interior.
Destaco aquella reunión con CineFilm -¿quién dijo que no se podían hacer amigos
por Internet?- a la que llegué con muchas dudas y que al final se olvidaron
gracias a nuestra pasión por el séptimo arte.
Me podría seguir de lleno
con más y más recuentos pero los fundamentales aquí recaen. No pongo cosas
grises, que bien son relevantes, para no quitar la alegría que el año me
brindó. Simplemente el mejor en mis pocos años de vida. Se cierra una puerta,
se abre una nueva. 2013, te dejaron la barra muy alta, pero eso es lo de menos;
estoy seguro que está increíble historia tendrá grandes secuelas.

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